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viernes, 19 de octubre de 2007

ESPAÑA: MEMORIA HISTORICA

Jorge Edwards, Escritor

En la España de la transición, a fines de la década de los setenta, a comienzos de los ochenta, se estrenaba democracia. Era una novedad extraordinaria, histórica, y uno tenía la constante impresión de que todo el mundo estaba bien dispuesto, contento, inclinado a entenderse con el prójimo. La noción del consenso parecía flotar en el ambiente. Las evocaciones de los años del franquismo, de la guerra civil, de la segunda República, salían a la superficie a cada rato, pero casi siempre sin conflicto mayor, sin aspereza o amargura, como enseñanza, como reacción reflexiva, nunca como venganza.

Parecía que todo el país había decidido doblar la página, aun cuando no excluyo la posibilidad de que uno, extranjero, más o menos ajeno al conflicto, no haya entendido el verdadero fondo de la situación. Hablé en esos días con gente de todos los sectores, escritores, artistas, políticos, ciudadanos de a pie, y siempre llegué a la conclusión de que España demostraba una capacidad nueva, inédita, para entenderse, para ingresar con pie firme en el mundo moderno. El país le había dado la espalda a Europa durante largos períodos de su historia, en alguna medida, durante toda su historia.

Pues bien, de repente se integraba en Europa y no sucedía nada grave. Como si los españoles, durante los años sesenta y setenta, hubieran seguido una evolución mental, interna, callada, una apertura de espíritu, sin que muchos se dieran cuenta. De manera que no sólo existía la España de Chiquito y de Frascuelo, como decía Antonio Machado. También existía, o se ponía a existir de pronto, con fuerza imparable, la España del propio Machado, la de Picasso, la de Ortega y Gasset y tantos otros.

No me olvidaré nunca de una larga conversación nocturna con Juan Ajuriaguerra, entonces presidente del Partido Nacionalista Vasco, en compañía de Carlos Barral y en un lugar cualquiera de Barcelona. Me pareció que Ajuriaguerra, héroe de la guerra civil, puesto que ya había conseguido escapar en los días finales y regresó, después de negociar en Roma con el Conde Ciano, para salvar a un destacamento vasco que había quedado sitiado por tropas italianas en alguna bahía del norte, era el ejemplo de una transición extremadamente generosa, limpia de rencores o de obsesiones de venganza. Además, esos ejemplos se repetían por todos lados.

Podría escribir largas páginas, a lo mejor un libro entero, sobre las historias del franquismo profundo, de la guerra, de los años anteriores, que escuché en el pueblo de Calafell en diferentes mesones y circunstancias. Algunos todavía se acordaban de la caballería mora, con sus banderas verdes, cuando avanzaba por la playa de El Salvador, un poco al sur, mientras el general Líster, con el motor de su automóvil en marcha, se comía un pollo asado en el bar de Joan, que existía entonces y todavía existe. Y un viejo pescador amigo de Carlos y de Juan Marsé, el Moreno, miraba las imágenes de la proclamación del Rey Juan Carlos en uno de los pocos aparatos de televisión del pueblo y refunfuñaba, medio despistado, con su pronunciación enrevesada: Volvió la peste borbónica. ¿Bubónica?, le preguntaba yo, con un poco de risa, y él, obcecado, antiguo, republicano anarquista, insistía: ¡Borbónica!

Mi primera impresión de la España con que me encuentro ahora es, por el contrario, la de una capacidad para irritarse, para responder siempre con aspereza, con desabrimiento, con lo que aquí se llama mala uva, francamente digna de mejor causa. Me explican con argumentos detallados la necesidad de una Ley de Memoria Histórica como la que se tramita ahora en el Parlamento y encuentro que las razones no faltan.

Pasó el franquismo hace mucho rato, pero, en alguna medida, a juzgar por las estatuas, por los nombres de calles y plazas, por los generales del lado nacional que nos sorprenden en cada esquina, hasta en las señales de los túneles, sigue vivo, más vivo de lo que sería conveniente. La izquierda, me digo, hizo la transición con miedo de la derecha y de las instituciones del pasado, y ahora todo eso vuelve. Es decir, el problema, ético, político, de la memoria histórica, se había postergado, pero no se había resuelto bien. Y resulta que ahora, sin demasiado sentido de la oportunidad, con malos modos, vuelve. Y se refuerza, se potencia, por decirlo de algún modo, con el tema intrincado de los nacionalismos regionales. Parecía que antes, en los años que siguieron a la muerte del general Franco, todo se conjugaba para facilitar la salida, la entrada en la nueva etapa.

Era, como dije, una novedad singular, y los españoles parecían entusiasmados con su descubrimiento. Ahora tengo la extraña sensación de que ocurre exactamente lo contrario: de que todo se conjuga en contra, de que todo conspira para enrarecer el ambiente. Y ninguno de los políticos de primera fila parece interesado de verdad, con toda la convicción que se necesita, en bajar la presión de la caldera. Algunos, por el contrario, le echan leña al fuego con singular elocuencia y energía.

La memoria, que ahora se transforma en un problema español agudo, también ha sido en todos estos años un espinudo, arduo problema chileno. Además, en diversas etapas, las situaciones española y chilena han estado conectadas por vasos comunicantes extraños. Hay calles y plazas de los generales victoriosos en la contienda civil, pero también hay calles y plazas de Pablo Neruda y de Salvador Allende. Y pensé muchas veces, en los días de la detención en Londres del general Augusto Pinochet, detención decretada, como todos saben, a pedido de la justicia española, que el juicio contra Pinochet era una forma indirecta y muy española de juzgar a Francisco Franco.

Sostengo que la memoria histórica es completamente necesaria, pero es necesaria, precisamente, para después poder olvidarse, para doblar la página. Y tengo la curiosa impresión, espero que equivocada, de que en la España de ahora la derecha prefiere ocultar la memoria y la izquierda, por el contrario, pretende convertirla en estatua de sal, en hito permanente y cristalizado. No hay que olvidarse, sin embargo, de que la memoria absoluta, congelada, es una enfermedad peligrosa, como lo demuestra Jorge Luis Borges en su relato Funes el memorioso.

No rechacemos, pues, por ningún motivo, la memoria, pero no descartemos los efectos reparadores, esencialmente saludables, del olvido. Ahora, si me preguntan como se colocan estas delicadas cuestiones en una ley, responderé que no tengo la menor idea. Y me parece que la actitud popular frente a los nuevos nombres de calles es eminentemente razonable: en lugar de una larga tirada conmemorativa, Gran Vía, en lugar de otra, Diagonal. En Santiago de Chile, la antigua Alameda de las Delicias se cambió por Alameda del Libertador Bernardo O’Higgins, pero el instinto del pueblo usa la forma breve y habla siempre de la Alameda, mientras en el pasado sólo se hablaba de Delicias, y mi madre siempre contaba que yo nací en Delicias 520, frente a la entrada principal del cerro de Santa Lucía. Los graves pensarán que esta insistencia en nombres estéticos, placenteros, sin generalotes, sin una memoria histórica demasiado minuciosa, es una cuestión trivial, pero los graves, en la historia, en la política, en la literatura, suelen equivocarse
mucho.



ESPAÑA Y LA DIFICIL RECUPERACIÓN DE SU MEMORIA HISTORICA


Por Mate Guerra, periodista

El Gobierno logró importante acuerdo para apoyar la iniciativa legal. Pero el principal partido de la oposición se opone al proyecto argumentando que, además de abrir heridas ya cicatrizadas, constituye una maniobra del Ejecutivo a seis meses de las elecciones generales.


Es la mayor de las deudas de la democracia española. Tras meses de negociación, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha logrado el apoyo de las fuerzas políticas para sacar adelante la Ley de la Memoria Histórica y recuperar así la dignidad de quienes sufrieron los latigazos de la guerra civil y la dictadura franquista.

La derecha se opone bajo el argumento de que la iniciativa abre heridas cicatrizadas pero, principalmente, porque la considera una maniobra electoral a seis meses de los comicios generales, además de una venganza personal del Presidente de Gobierno socialista. Lo concreto es que la Ley de la Memoria Histórica que ya ha pasado al Congreso Pleno podría ser aprobada antes de fines de año.

"Muero inocente y perdono, mi credo fue siempre un ansia infinita de paz y el mejoramiento social de los humildes", escribía para sus descendientes, pocas horas antes de ser ejecutado, el capitán Juan Rodríguez Lozano, militar leal a la República, que no se sumó a los sublevados que protagonizaron el golpe militar en 1936. Ese fue el detonante de la Guerra Civil Española que dejó más de 30.000 desaparecidos en tres años de contienda y cuatro décadas de dictadura.
Tras la muerte de Francisco Franco, en 1975, las fuerzas políticas que participaron en la transición democrática prefirieron guardar en un amargo olvido lo sucedido a las víctimas. Pero han pasado más de 30 años y la memoria histórica parece reclamar justicia y dignidad para sus muertos, enterrados en agujeros por donde transcurre la vida de uno de los países más influyentes de Europa.

Desde el año 2000, alrededor de un centenar de fosas cavadas durante la Guerra Civil y la posterior represión de régimen franquista, han sido abiertas y se ha logrado exhumar los restos de un millar de desaparecidos. A la fecha ya se han cursado más de 5.000 solicitudes para abrir nuevas fosas.

Ahora se recuerdan historias teñidas de dolor y olvido, como la de Manuel España Gil de 29 años, que en un cementerio de Sevilla escuchó a sus verdugos falangistas que le perdonaban la vida y le dieron la oportunidad de marcharse, pero corriendo entre tumbas y flores marchitas fue asesinado por la espalda. O el testimonio de un pastor de Badajoz, que observó detrás de un árbol, en septiembre de 1936, a seguidores del golpe militar que asesinaban a 30 hombres y mujeres y quemaban sus cuerpos en una fosa. Con el horror en el rostro, el joven pastor corrió a relatar a su padre lo sucedido y supo, en ese momento, que entre aquellas víctimas estaba su madre. O el deseo de familiares de conocer el destino incierto de miles de brigadistas internacionales.

LEY MEMORIA HISTÓRICA

En 2006 el Gobierno del socialista José Luis Rodríguez Zapatero lanzó a la discusión nacional una iniciativa legal -con que se había comprometido- para recuperar y hacer justicia. Es la llamada Ley de la Memoria Histórica que esta semana ha logrado el consenso de todas las fuerzas políticas a excepción del mayor partido de la oposición, el Partido Popular (PP) y de Ezquerra Republicana.

El partido nacionalista catalán asegura que tal como está estructurado el proyecto, se condenará a las víctimas a un "vía crucis judicial individual". Critican que se omita "toda referencia a la identidad de cuantas personas hubiesen intervenido en los hechos o en las actuaciones jurídicas que dieron lugar a las sanciones".

El proyecto, que cuenta con la aprobación de las agrupaciones de familiares de las víctimas, aunque lo califican de "descafeinado", contempla indemnizaciones, establece la ilegitimidad de los tribunales y órganos penales o administrativos que impusieron sanciones por motivos políticos, ideológicos o de creencias religiosas; y se deroga toda la legislación represora del franquismo.
Los descendientes en segundo grado (nietos) de los exiliados podrán recuperar la nacionalidad española. Además se prevén medidas para facilitar la localización e identificación de los desaparecidos y se refuerza al Archivo General de la Guerra Civil Española.

La derecha ha puesto el grito en el cielo. El PP, que sólo ha aprobado los artículos referidos a la mejora de indemnizaciones ya existentes y la despolitización del Valle de los Caídos, argumenta que este proyecto de ley es una maniobra más de Rodríguez Zapatero a seis meses de las elecciones y una de sus venganzas personales, porque aquel joven militar, el capitán Rodríguez Lozano -sobre el que hace referencia en las primeras líneas de este artículo- era el abuelo materno del actual Presidente de Gobierno.

Fuentes: La Segunda Chile. La Nación de Chile.